sábado, 12 de abril de 2008

Tannhäuser Barcelona (1): La puesta en escena

Queridos lectores, antesdeanoche fui partícipe de una de las experiencias operísticas más impresionantes de mi vida, un Tannhäuser que lo firmaban el canadiense Robert Carsen en lo escénico y el alemán Sebastián Weigle en lo musical. Amen de la impresionante prestación del tenor alemán Peter Seiffert, quizás el mejor interprete masculino de Wagner junto a Domingo.

Empezamos por la producción que firmaban Robert Carsen en la dirección escénica y haciéndose cargo de una parte del diseño de iluminación junto con Peter van Preet, Paul Steinberg en la escenografía, Constante Hoffmann en el diseño de vestuario y coreografía de Philippe Girardeau. Como todos sabemos Carsen ha realizado una “revisión dramaturgica” -que por otra parte justifica estupendamente en el artículo publicado en el programa de mano- trasladando la acción al mundo de las artes plásticas en vez al de los “casposos” cantores medievales. Pues bien, el experimento funciona y es más llega a convencer más que la ya sobreconocida historia original. Con eso y unos recursos dramatúrgicos interesantes como establecer dos binomios vitales de personajes haciendo girar todo en torno a la mente del cantor y otorgar a Tannhäuser una personalidad “histriónica” en todo su sentido capaz de conseguir primero “cabrear”, para tras un final de “muerte” fascinar al público “cool” que puebla los saraos artísticos, y provocar el deseo más impresionante en la casta y virginal Elisabeth.

Es impresionante ver como la psicología y la progresión de cada personaje está trazada desde el primer acorde de la ópera de R. Wagner. Describiendolos brevemente, hay que comentar que Tannhäuser es un artista con un trastorno de personalidad histriónico y narcisista que vive enfrascado en su búsqueda anárquica y personal de su obra capital. Ante él, se alzan dos mujeres la sensual Venus, totalmente erótico y que fomenta el lado creativo de nuestro “antihéroe”, que lo hace sumirse en convulsiones y pulsiones artísticas consiguiendo que exprese su creatividad, pero del que nuestro “pintor” acaba hartándose al no encontrar ese componente de trasgresión, al estarle todo permitido, cae en un hastío que paga despreciando la voluptuosidad de la diosa. En el mundo terrenal le espera la ñoña Elisabeth quien en este montaje sufre una transformación, es más consigue desarrollar su parcial sexualidad y al final se convierte en el contrapunto que necesita Tannhäuser. Carsen incide tras una lectura profunda que la figura de Elisabeth es de suma importancia porque otorga todo lo que desprecia Tannhäuser, aunque este lo desprecie: el juicio sensato, la mesura y sobre todo la vida segura. Seguramente Tannhäuser con ella moriría, igual que moriría el dios que necesita cometer la transgresión, el artista necesita lo mismo para llegar a su consecución… Para Carsen Elisabeth protege a Tannhäuser porque ella anhela su manera de vivir, de vivir su sexualidad, su libertad, su transgresión… Por último Wolfram es la última pieza que falta para construir todo, el ama a Elisabeth tal como es, pero no puede ofrecer nada, tan solo una amistad con Tannhäuser que no existe. Wolfram es un eterno arrastrado, jamás llegará a nada, lo sabe y se resigna. Para Wagner y su contexto estricto –recordemos sus conexiones con Bakunin- lo peor que puedo haber es un Wolfram…





Describiendo en la escena hay que incidir en el fabuloso comienzo con la musa -Venus en esta producción- , totalmente desnuda y fomentando la creatividad del artista, quien está más interesado en su trabajo de creación que en la voluptuosidad de la diosa. Es más cuando comienzan los acordes con el leitmotiv de Venus, la escena cambia multiplicandose los Tannhäuser creadores -estupendo ballet-, quienes terminan en una frenética danza “originaria” en la que se mezcla pintura, sangre, erotismo y en la que Venus exige que la sexualidad no se reprima para crear, es el acto originario en el que esa líbido que existe, estalle en creatividad. Así Tannhäuser acaba entre las voluptuosas formas de la diosa, sometido a ella. Pero Tannhäuser está aburrido, está aburrido de no ofender el “status quo” de nadie, de transgredir en privado, de ser un mero voyeur de las perversiones de su diosa y no ser un exhibicionista público. Por eso decide marchar, por tres veces lo intenta, pero la diosa lo retiene, hasta que pronuncia las palabras: “Mein Heil liegt in Maria!”
Con lo que en el escenario se abre un haz de luz por el que se atisba el nuevo mundo que le espera a nuestro “antiheroe”. Cantan los peregrinos y un pastor a la lejanía. Los “pintores del Wartburg” llegan y convencen a Tannhäuser para ir a ver a Elisabeth, aquella que lo idolatra tal como es, pero que para él poco importa, aunque en Wartburg volverá a ser él.

El segundo acto Carsen lo plantea de manera interactiva, y del fondo de la platea atraviesa una joven de aspecto angelical ataviada de manera “pija-ñoña”, tímida y que anhela tiempos pasados. Y es así, sus gestos, la gestualidad diseñada por Carsen dan el juego perfecto. En esto aparece Tannhäuser con Wolfram, y cantan el duo pero separados, como guardando esa “cortesía”, esa “represión”, una sexualidad no resuelta por parte de ella. El Landgrave anuncia que comienza la recepción y trompetas tocan en platea, y de allí aparecen una trouppe de gente que se abalanzan como fieras a por el champagne y los canapés -grande CARSEN por poner este detalle!!!!- y evidentemente el coro está exquisitamente caracterizado pues tenemos la señora “leopardo” la típica hortera que se cree que va fashion y va para matarla, los “cool”, los figurantes culturales, los que hacen comentarios, los enteraillos, etc. Bueno toda la “fauna” del mundo del arte, burgueses y nuevos ricos que intentan ser lo más, pero que cuando ven auténtica creación no son capaces de aceptarla. Y eso es lo que pasa, los conservadores y casposos Wolfram y Walter exponen sus obritas con la algarabía de la gente, pero Tannhäuser causa el estupor con su cuadro salido de su mente dominada por la creación libidinosa. Solo Elisabeth lo ayuda y lo defiende, porque quiere dejar de ser ella, quiere ser como él pero no se atreve. La “jet-set” mandan a Tannhäuser con mala crítica al exilio cultural como a otros artistas (Monet, el propio Wagner, Egon Schiele, Picasso, Peter Konwitschny, Bieito en la actualidad…), porque al final son tan catetos de no saber donde está ala autentica creación trasgresora, la que fascina y cautiva. La mediocridad se apodera de toda la sala y es que los “pseudo-cultos” que quieren mantener su “status quo” impoluto han hablado…





En el tercer acto viene para mi gusto uno de las mejores pinceladas de este montaje, y es el descubrimiento de la sexualidad y la creación por parte de Elisabeth. Y es que durante el preludio ella descubre el colchón donde yacieron Venus y Tannhäuser, tras observarlo y con esa triste música se despoja de su ropa, sus zapatos de tacón y se queda en camisón, y justo con el última sección de la música comienza a masturbarse, a sentir lo que siente Tannhäuser cuando crea, empezando a entrar realmente en el mundo de Tannhäuser. Tras la decepción de no encontrar a Tannhäuser, canta su aria extasiada encima de la cama y se dispone la sabana como la misma Venus, ha llegado la hora de cambiar. Para Wolfram a muerto, pero para Tannhäuser ha llegado su redención y no redención como la romanticona que propone Wagner, sino una redención conceptual. Wolfram canta absolutamente deprimido su romanza, sumido en la mediocridad. Llega Tannhäuser, quien narra los desprecios y el no querer aceptar el arte dominante que lo obligaría a destruir su lienzo, que lo ha acompañado durante toda la ópera, como han hecho los demás. Al final y apunto de entrar en una fase suicida y un tanto autodestructiva, monta el show, pero la conjunción de Venus y Elisabeth ambas en el mismo estadio de “museidad”. Solo si se es Musa podrá la amada competir con el mismo arte, y la coversión de Elisabeth en musa a través de su trasgresión, hace que la obra de Tannhäuser se consagre haciendole un artista digno de entrar en la historia, ahí es cuando cae entre sus dos musas Venus y Elisabeth, el símbolo de la muerte, morir significa para un artista la fama. 

Carsen nos plantea que Wagner quiso escribir una ópera para animar a su público a lo que significa ser artista y crear un arte nuevo... 

2 comentarios:

Parsifal dijo...

Gracias, con la grabacion y tu "reportaje" es como si estuviera alli!

Arsace dijo...

Y todavía falta la parte musical, jejejeje...